Debajo del hielo y de la roca expuesta de la Antártida hay organismos que no existen en ningún otro lugar del planeta. No son pingüinos ni focas: son bacterias, y hasta ahora la microbiología daba por sentado que algo así no podía ocurrir.
El hallazgo lo publicó la revista Proceedings of the National Academy of Sciences y lo firmó un equipo del Instituto Cooperativo de Investigación en Ciencias Ambientales de la Universidad de Colorado en Boulder, junto con la Universidad Brigham Young.
La regla que nadie había puesto a prueba en serio
Durante décadas la microbiología funcionó con una premisa sencilla: todo está en todas partes.
La lógica detrás es razonable. Los microbios son tan pequeños que se dispersan con una facilidad que ningún animal tiene. Se levantan con el viento y viajan por la atmósfera. Se suben a una corriente marina y aparecen del otro lado del océano. Viajan en el intestino de las aves. Si eso funciona sin obstáculos, un microorganismo que exista en un único punto del planeta no debería existir.
La Antártida siempre fue vista como la posible excepción, pero casi nunca se había examinado con este nivel de rigor. Y hay dos motivos por los que era el mejor lugar para intentarlo, según explicó Noah Fierer, director del Centro de Exploración Microbiana y uno de los responsables del trabajo: es un continente entero aislado geográficamente, y tiene condiciones que no se dan en otros suelos. El frío es el dato obvio. El otro es la sequedad extrema: la Antártida es, técnicamente, un desierto.
Por qué eligieron una bacteria común
Para que la comparación fuera justa, el equipo necesitaba un grupo bacteriano que estuviera presente en todos lados. Si hubieran elegido algo raro, el resultado no habría probado nada: cualquier ausencia se explicaría por la rareza y no por el aislamiento.
Eligieron el género Arthrobacter, que aparece en suelos de la Antártida, de Colorado y de los trópicos, y que además crece bien en placa de laboratorio, algo que hizo el proyecto viable en la práctica.
El diseño fue directo. Secuenciaron los genomas de las cepas antárticas y los compararon contra bacterias de suelo depositadas en bases de datos públicas de todo el mundo. Trabajaron con más de 100 cepas antárticas y cerca de 500 de otros lugares, incluidos la meseta tibetana, el archipiélago ártico de Svalbard y el desierto de Atacama, en Chile. Es decir: no compararon la Antártida contra cualquier suelo, sino contra otros desiertos fríos, que es la comparación exigente.
El resultado fue que el 90% de las cepas antárticas no coincidió con nada registrado en ningún otro lugar del planeta.
Conviene precisar el alcance, porque el dato se presta a confusión: ese 90% corresponde a las cepas de Arthrobacter analizadas, no a la totalidad de las bacterias del suelo antártico. Lo que el estudio demuestra es que dentro de un género verdaderamente cosmopolita, las poblaciones antárticas siguieron su propio camino evolutivo.
Byron Adams, profesor de biología en Brigham Young y coautor, lo resumió con una comparación útil: el género puede estar en todo el planeta, pero al mirar las cepas individuales la Antártida tiene su propia historia biológica, igual que ocurre con los pingüinos.
Lentas, pero durísimas
Después vino la parte experimental. El equipo cultivó las cepas antárticas en el laboratorio de Fierer en Boulder, reproduciendo lo mejor posible el frío y la sequedad del continente, para ver cómo se comportaban bajo presión.
Crecieron más lento que las demás. Pero aguantaron condiciones que habrían eliminado a competidoras menos curtidas.
Ese par de rasgos —crecimiento lento y resistencia extrema— es el sello de un organismo que se adaptó a un ambiente donde la energía escasea y el error se paga caro. No es una bacteria que gane carreras; es una que sobrevive cuando las demás no.
Qué cambia esto
Dos cosas, y ninguna es menor.
La primera es conceptual. Si existen microbios endémicos en la Antártida, la pregunta inmediata es dónde más. Fierer señaló que hasta ahora solo se habían encontrado unos pocos microorganismos endémicos en ambientes muy específicos, y que confirmar el caso antártico sugiere que podría haber otros. Es una agenda de investigación completa que se abre.
La segunda es de conservación, y es la que le da urgencia al asunto. Cuando se habla de proteger la biodiversidad antártica, la conversación gira alrededor de pingüinos, focas y ballenas. Este trabajo dice que algunas de las especies más distintivas del continente son microscópicas y viven en un puñado de tierra. Como planteó Adams, proteger la biodiversidad antártica también implica proteger la historia biológica contenida en ese puñado.
El contexto ayuda a entender la prisa. Entre 2002 y 2025 la Antártida perdió alrededor de 135 gigatoneladas de hielo por año, según la NASA. Y el año pasado se convocó una reunión en la Royal Society de Londres para advertir sobre los cambios extremos que se están produciendo en la región. Antes de saber qué se pierde, hay que saber qué hay.
Lo que la Argentina viene haciendo desde hace treinta años
Acá la historia se vuelve más cercana de lo que parece.
El grupo de microbiología del Instituto Antártico Argentino, junto con la UBA y el Conicet, trabaja en el Laboratorio Argentino de Microbiología Ambiental de la Base Carlini, en la península Potter de la isla 25 de Mayo, en las Shetland del Sur, a unos 1.000 kilómetros de Ushuaia. La base funciona desde 1982 y es uno de los principales polos científicos del país en el continente.
La línea de trabajo arrancó a principios de los años noventa buscando microorganismos capaces de degradar hidrocarburos. Walter Mac Cormack identificó los primeros durante su tesis, y Lucas Ruberto determinó después, en la suya, que la bioestimulación era la estrategia más efectiva. En declaraciones publicadas en 2022, Ruberto explicó que con ese método logran remover hasta el 80% de la contaminación acumulada en la base durante los dos o tres meses de campaña de verano, y que el objetivo pasó a ser el 20% restante.
El mismo grupo estudia hongos antárticos con propiedades antibióticas. El hallazgo fue casual: trabajando con suelos contaminados con hidrocarburos, Ruberto encontró una placa donde un hongo estaba inhibiendo el crecimiento de todo lo demás que había alrededor.
La conexión con el estudio de PNAS es directa y ningún medio la está haciendo. Mientras un equipo estadounidense demuestra que los microbios del suelo antártico son evolutivamente únicos, un equipo argentino lleva tres décadas aprovechando esa singularidad para limpiar suelos contaminados y buscar compuestos antibióticos. Si esos organismos son endémicos —y este trabajo sugiere que muchos lo son—, entonces no hay repuesto en ningún otro lado del planeta.